martes, 17 de octubre de 2017

NUNCA MÁIS

Hoy voy a hacer una excepción  en la regla que tengo de mantener la vida no-rolera alejada de la vida rolera y voy a hacer una entrada de hartazgo

Después, haré otra entrada que tenía prevista sobre Savage, pero ahora no me da la gana

Si esperas algo rolero, en esta entrada no lo hay


Verás, en ésta época que vivimos ahora, de comunicaciones globales e internet, en la que las noticias ocupan titulares a mansalva durante un par de días y luego son sustituidas por otras más de moda (antes pasaba lo mismo, pero más despacio, recuerdo que el “Crimen del rol” fue cediendo paso lentamente en los informativos a “La bacteria asesina”, una bacteria que se comía la carne y que podía infectar casi cualquier cosa… otro bluff, vamos), vemos ahora los incendios en Galicia. Tanto salen que han conseguido desplazar al conflicto Catalán. Y si bien es cierto que, esta vez, los incendios han alcanzado cotas que hacía mucho que no alcanzaban, también es cierto que ni los incendios, ni los desastres ecológicos son nuevos para Galicia. Tampoco lo es la acción popular conjunta que tanto alaban en las noticias, ni tampoco es exclusiva de Galicia, ni mucho menos, pero de eso hablaré un poquito más tarde.
Aquí en Galicia sabemos de tres cosas desde que nacemos: mar, monte y fuego. No digo que todo el mundo sea un experto, pero el conocimiento general que se tiene es más amplio que en otros lugares. ¿Por qué? Porque lo vivimos cada año de nuestra vida, y sinceramente, algunas veces cansa. Un gallego puede marcar las etapas de su vida por los desastres ecológicos que ha vivido (sin contar los incendios forestales, que esos son cada dos por tres). Voy a contaros los míos:

Urquiola



Año 1976 (sí, ya tengo unos añitos).  El petrolero Urquiola naufragó en Coruña. Vertió 100.000 toneladas de petróleo directamente a la costa. El petróleo prendió fuego y de paso hubo explosiones, el pack completo, vamos.

Era mi época de pre-escolar, tenía cinco años. No tengo demasiados recuerdos de esos días, pero recuerdo ir al Colegio Montessori y que parecía que era de noche. A las horas de entrar nos mandaron para casa de vuelta. También recuerdo ver  a la gente mirando el incendio del mar desde la costa. Eran otros tiempos, gente más ruda y más inconsciente de lo que pasaba.



Casón





Año 1987. Este barco naufragó frente a las costas de Finisterre. Transportaba 1.100 toneladas de materiales inflamables y/o explosivos (sodio metalizado, butanol, aceite de anilina…). ¿Habéis visto alguna vez un barril correr sobre el mar? Funciona de la siguiente manera: el barril tiene una fuga (muchos la tenían, no sé como cojones no explotó todo el barco durante la travesía), el sodio metalizado (por poner un ejemplo) que entra en contacto con el agua crea una mini explosión y lanza el barril un poco más cerca de la costa, cae otra vez y causa otra mini explosión, y así una y otra vez hasta que llega a la costa, donde puede explotar en tu casa.

Este fue el desastre de cuando estaba en el instituto. Mi colegio fue durante unos días lugar de acogida para gente que había sido desalojada de sus casas por si acaso. Por eso para nosotros no es nuevo, ni raro, lo de los hoteles ofreciendo sus habitaciones de forma gratuita a los desplazados por los desastres o la gente compartiendo sus pisos.

Unos años más tarde, en Zaragoza, cuando estaba haciendo un curso sobre explosivos, el profesor nos preguntó a un grupito que a qué se debía que supiésemos tanto sobre fuego y explosivos.

      - Somos gallegos –contestamos.
      - Ah, claro –fue su respuesta.

Verídico. Lo juro.

Mar Egeo (Aegean Sea)




Año 1992. Lo de siempre, que si no has hecho caso, que si es que el mar estaba muy mal, que si culpa tuya, que si culpa del otro… la cuestión es que el petrolero se encalla contra la mini-península donde está la Torre de Hércules (justo a los pies de ésta). Se vierten unas 11.000 toneladas de crudo al mar, hay una explosión en el barco y comienza a arder junto a 50.000 toneladas de crudo más.

Esta es el de la época de la universidad. El barrio de adormideras (colegio y esas cosas incluidas) fue desalojado, y tuvimos que sacar de allí a mis abuelos. La ciudad cubierta de humo (otra vez), la torre negra como un chamizo y los restos del barco durante muchos años allí, encallados junto a la torre, oxidándose.

Prestige



Año 2002. Este seguro que te suena. Es ese de los “hilillos como de plastilina” que decía Rajoy. 63.000 toneladas vertidas al mar, 21.000 de ellas en las primeras veinticuatro horas. Aquí surge el “Nunca Máis”, tanto el concepto (que diría Manquiña) como la plataforma de petición de responsabilidades.




Este me cogió ya en mi etapa laboral. En esta época iba de trabajo en trabajo buscando uno estable. “Nunca máis” surge del hartazgo, de ver como una y otra vez nuestro mar y nuestras costas son vertederos en los que puede pasar lo que sea, porque los responsables salían siempre prácticamente de rositas.


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Otra cosa es la gente. Las cosas que salen en la televisión de solidaridad y cadenas humanas no son nuevas, ni son exclusivas de Galicia, el ser humano demuestra que lo es frente a la adversidad, haya nacido donde haya nacido. Aquí en Galicia, cuando la gente se pone en marcha, lo hace de verdad, ya sea para extinguir un fuego, para limpiar una playa de crudo o para salir a pescar chapapote en los barcos para que no llegue a la costa.

Que sí, que somos los del “depende”, los del chiste que “te encuentras a un gallego por una escalera y no sabes si sube o si baja”. Lo que ocurre es que lo habéis entendido mal. El gallego sí que sabe si está subiendo o bajando, y sí que sabe lo que piensa, lo que pasa es que no nos sale de los cojones decírtelo (¿para qué quieres saber lo que me preguntas?, ¿a ti que te importa si subo o si bajo?), pero no te preocupes que si tengo que hacer algo lo voy a hacer.

Por eso, señor Feijóo y señor Rajoy, el mejor acto que pueden hacer es darnos medios para que resolvamos las cosas. Están geniales todas esas declaraciones con frases impactantes, y que se desplacen a los sitios para hacerse fotos y mostrarse solidarios con los sentimientos de la población, pero cuando ustedes se van para sus casas, el monte que hay junto a la mía (o la de mi familia, o la de mi vecino, o la de mi amigo) ya no está. Ese monte que nos da oxígeno y favorece el que llueva ha sido sustituido por una mancha negra. Busquen a los culpables, por supuesto, pero desde YA debe comenzar un plan de re-forestación masiva en el que todos, como el gran pueblo que somos, podamos participar.


Y después, pongan medios para que esto no ocurra de nuevo. No dejen que se recalifique el terreno quemado para que pueda ser urbanizable, no permitan que la madera proveniente de incendios pueda venderse. Así, entre todos, lo lograremos… Nunca máis.